Pero, ¿y por qué una novela debería contener verdades históricas? por Margarita Gascón

El escritor argentino Tomás Eloy Martínez (1934-2010) en oportunidades se quejó de que se le pidieran precisiones históricas sobre ciertos episodios de su novela Santa Evita (1995). La gente le preguntaba, por ejemplo, sobre el cadáver embalsamado de Eva Perón que, según la novela, estuvo escondido detrás de la pantalla de un famoso cine de Buenos Aires. Consternado, el escritor contestaba que Santa Evita era una novela, que contenía ficciones y mitos, y que nadie debía leerla como si fuese un documento histórico. Un año más tarde, cuando Martínez quiso repetir el fenómeno literario de Santa Evita con otro personaje histórico (pero esta vez, evitando los malos entendidos) tituló a su libro La novela de Perón (1996). Irónicamente, fue una novela que, tal vez porque fue leída como una ficción, tuvo bastante menos éxito editorial que su narrativa de las peripecias del cadáver de Eva.

He recordado esta anécdota una y otra vez mientras leía las críticas a la serie sobre Carlos V que se está emitiendo por Televisión Española. ¿A qué se debe la áspera reacción de la academia con respecto a sus omisiones y desaciertos? ¿Por qué una novela en televisión debería contener verdades históricas siendo que se trata, básicamente, de un relato de ficción sobre un personaje real? Todavía estaba tratando de responderme a mí misma estas preguntas cuando recibí la invitación de mi estimado colega Jorge Gamboa para que enviase mi opinión sobre el tema.

Lo primero que quiero es evitar que mis preguntas queden en retórica. Para ello debo descender un par de escalones y confesar que creo que la serie sobre Carlos simplemente estaba en la cola de otras semejantes ya emitidas por Televisión Española y que tuvieron su buen rating de espectadores (Águila Roja, Isabel) lo que alentaba a la producción a seguir con este tipo de propuestas del pasado peninsular: propuestas puramente “coreográficas” para decirlo rápidamente. En segundo lugar, debo confesar que consumo poco de las denominadas “novelas históricas” o de “películas de época”. La razón por la que no consumo este tipo de producciones es que o bien traicionan el mandato científico de contener certezas sobre los hechos más allá de las posibles interpretaciones, o bien traicionan el mandato estético de contener belleza más allá de su formato y de las definiciones que puedan darse en un momento y lugar a lo que es la belleza.

Tengo poquísimas excepciones donde el producto final (digamos, una novela) tiene certeza histórica de hechos y belleza literaria en una prosa tersa. Un ejemplo es Norah Loft (1904-1983), aun cuando escribe sobre la homosexualidad de Federico Barbarroja en el marco de la Tercer Cruzada; o cuando nos habla como si ella misma fuese Isabel la Católica, pero sin anacronismos y con una mirada femenina sobre el mundo masculino y bélico de finales de la Edad Media. Otro ejemplo es Andrés Rivera (1928) con La Revolución es un Sueño Eterno (1987), inspirada en los cuadernos que escribió Juan José Castelli, miembro de la primera junta de gobierno argentino, cuando un cáncer de lengua le fue dejando sin el habla a la par que los hechos le iban deteriorando sus esperanzas en el cumplimiento de los ideales revolucionarios. Estos ejemplos pertenecen a un arco de escritos donde la objetividad de la historia está (y así debe serlo) excusada. En ese arco de relatos y con suerte despareja que no han despertado en los académicos mayores polémicas sobre su veracidad o sobre sus silencios, vamos desde la vibrante novela Hijo de Hombre (1960) de Augusto Roa Bastos (1917-2005) sobre la Guerra del Chaco de la que el mismo autor participó a la opacidad literaria de un relato lento basado en la investigación documental que sostiene a La guerra del fin del mundo (1981) de Mario Vargas Llosa (1936) sobre la denominada “guerra de Canudos” del nordeste brasilero.

En el caso de las películas y series como las de Carlos V en televisión, la reacción de la comunidad académica en su reclamo por veracidad es diferente. Tal vez porque nos preocupa su llegada a un público amplio, probablemente ingenuo y menos informado. Sabemos que la imagen, después de todo, nos da una sensación de realismo diferente a la que nos dejan las palabras impresas en un libro. Así, las versiones de Hollywood sobre el pasado han sido objeto de debates en Estados Unidos y se ha cuestionado su uso como herramientas pedagógicas: ver por ejemplo un buen análisis en Past Imperfect. History According to the Movies, publicado en 1995.

Dicho todo esto, a la pregunta sobre si debemos reclamarle mayor veracidad y más certeza a numerosos de los episodios históricos de la serie de Carlos V que emite Televisión Española, mi respuesta es sí. Y es necesario hacer saber que a los hechos se los trata mal, superficialmente o se los omite. La razón radica en el espesor de los hechos que ocurrieron durante el reinado de Carlos V, en su trascendencia e impacto sobre millones de seres humanos, en su momento y aún hoy. La expansión de Europa a partir del siglo XVI cambió a América, África, Asia y Oceanía porque, para empezar, transformó tanto a sus bases demográficas como a sus bases ambientales. Y con esas transformaciones en dos variables fundamentales, Europa cambió los modos de producción, los sistemas de gobierno, las religiones, las lenguas y las culturas de sociedades que solamente en escasas ocasiones pudieron negociar o resistir la conquista. En los hechos, en los crudos hechos históricos sin que medie interpretación alguna, nunca antes ni después hubo un movimiento involuntario de tantos millones de personas, ni tan profundo e inmoral, como fue aquel de la esclavitud de los africanos implantados en nuestro continente. Nunca antes ni después penetraron a América, de manera tan repentina e imperativa, tantos nuevos cultivos, ganados y animales. Nunca antes ni después en América ingresaron tantos patógenos, de manera repentina y sincrónica (viruela, sarampión, gripe, anginas), abatiéndose sobre millones de seres humanos sin inmunidad.

Asimismo, ¿cómo se pueden ignorar las claves locales de la imposición de España sobre las sociedades imperiales indígenas? ¿Cómo se puede hoy seguir hablando de la “conquista” sin mencionar que los grandes imperios precolombinos se encontraban fragmentados por luchas interétnicas (los mexicas vs. los tlaxcaltecas) o por el sistema de la herencia partida del incario (la guerra civil entre los sucesores del sapa inca)? Mi respuesta es sí: nos merecíamos que quienes elaboraron el guión de Carlos V, Rey Emperador para la Televisión Española nos dieran más verdades históricas, incluso dentro de la ficción permitida a cualquier producción literaria, cinematográfica o televisiva.

Margarita Gascón

Conicet Argentina

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Una respuesta a Pero, ¿y por qué una novela debería contener verdades históricas? por Margarita Gascón

  1. Pedro Conrado dijo:

    Me gustó mucho esta intervención, en especial por el relevo del problema de la disyuntiva entre veracidad histórica y belleza estética. Éste es un problema central, ya que el desafío de trasvasar el conocimiento histórico a un medio como el televisivo, el cine o cualquier otro entraña siempre el riesgo de regar alguna parte de lo vertido.

    Sin embargo, en mi opinión personal creo que la conciliación entre ambos fines es posible si se tienen en cuenta dos niveles de “precisión”: el factual y el contextual. Creo firmemente que el segundo no solo es más importante que el primero, sino que el respeto por éste permite que las tergiversaciones en el primero sean menos gravosas y más tolerables. ¿Cómo así? Reproducir (verazmente) una época es hacerlo con al menos cuatro campos: cultura material, cultura conductual, cultura del pensamiento y hechos históricos. Dentro de la división dual de grados de precisión que he establecido, los tres primeros campos encajan en el segundo tipo y el último en el primero. La mayoría de las series y películas que he visto sobre cualquier época se desenvuelven bastante bien en lo relativo a la cultura material y más o menos en la precisión de los hechos, dejando en el más insufrible abandono a los dos de la mitad, a menudo rellenándolos con formas de pensar, hablar y actuar harto anacrónicas, muy presentistas. Esto sucede incluso en “Isabel” y “Carlos”. Sus castellanos, por ejemplo, son predominantemente actuales (y no lo digo solo por su vocabulario, sino por la misma construcción de las frases, la fonología y el empleo del lenguaje figurativo, que era de hecho muy rico en la época). [Apunto que esto último no es una crítica, pues se comprende lo hecho teniendo en cuenta el amplio público al que está dirigido. Reproducir el castellano de los siglos XV y XVI con todo rigor haría que la serie requiriera de subtítulos que acompañaran a la audiencia, como tuvo que hacerse con el portugués en la producción de la película “Desmundo”, sobre el Brasil de mediados del 1500]

    El asunto está en que la precisión factual siempre deberá admitir licencias, ya que hay muchos acontecimientos dudosos o completamente desconocidos (la mayoría de ellos, necesariamente cotidianos), pero la aspereza de dichas alteraciones será mucho menor si se construyen con fuertes elementos de contexto conductual y del pensamiento. De la serie “Rome” (que recomiendo muchísimo) recuerdo una escena en la que Julio César se niega a ejecutar a los dos protagonistas (Voreno y Pullo, completamente ficticios) -que habían cometido un imperdonable desacato- por el hecho de que, al ser dos sujetos que habían pasado exitosamente por tan graves penurias, debían estar siendo favorecidos por alguna deidad; y lo decía muy en serio. No hubo allí intentos de disfrazar esa creencia con alguna “razón” más creíble a oídos de un occidental de nuestros días, que es lo que suele hacerse en las películas históricas, con las que siempre se nos muestra a sus protagonistas como fingiendo hipócritamente vivir en el ambiente mental de sus épocas mientras exhiben formas de raciocinio que a poco podrían ser tildadas de incrédulas, ateas o utilitaristas. En Isabel y Carlos se obtuvieron logros en ese sentido. Los titubeos del consejero de Francisco I a la hora de sellar la alianza entre Francia y los turcos se debieron al hecho de que, en sus propias palabras, no podría soportar la carga de consciencia que llevaría al ver a Francia salvada a costa de entregar Europa al infiel. No obstante, en “Carlos” también observamos un asombroso desconocimiento del panorama conductual y mental de las culturas amerindias, así como del proceso y hechos de la “Conquista” (que ya ha sido tan nombrado en este blog). En suma, el resultado final del procedimiento mencionado sería, como en “Rome”, si no un retrato fiel de lo acontecido, sí uno de lo que perfectamente pudo haber sucedido, aunque no haya sido eso mismo.

    Mi conclusión es entonces que se puede lograr bastante exactitud y belleza si se concilian las formas de precisión: si al mermar un tanto en la precisión factual (y solo en lo que sea necesario, pues no se trata de hacerla un campo para satisfacer antojos) esta se ve fortalecida por los efectos de la incrementada precisión contextual. De hecho, podríamos añadir también otro grado: el de la precisión procesual, pero el tardo reconocimiento de este último y la visión de todo lo escrito hasta ahora me ha disuadido de inmediato de intentar corregir lo escrito para incorporarlo, así que lo dejaré insinuado en este comentario post-scriptum.

    Y por último, aunque pueda llegar a sonar desmesuradamente apasionado, pese a que reconozco que el trasvase del que ya hablé siempre implica pérdidas de contenido, para mí la empresa de retratar una época siempre ha sido algo sacro y muy digno de respeto y hasta de reverencia. Por eso me irrita que se tome con tanta ligereza la exhibición de los mexicas o que se omita completamente la conquista del Tawantinsuyo (como, de hecho, se hizo). Los biólogos, los físicos y demás científicos no consienten que cualquiera hable por ellos, aunque sea a toda la población, pero los humanistas lo toleramos todo el tiempo.

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