Historia y ficción: ¿hermanos o “huevos fritos”? por Matthew Restall.

Mucho se ha escrito sobre la relación entre la ficción y la historia, y gran parte de esto es esclarecedor, provocativo, fascinante e incluso divertido. El debate se remonta a miles de años. Incluso su misma terminología (ficción, realidad, verdad, historia, novela, el hecho de que en inglés “history” podria ser “his-story”, la historia en masculino, etc.), se ha examinado con gran detalle en muchos idiomas. Pero esto no significa que no podamos decir cosas nuevas al respecto, o repetir las viejas ideas en nuevos contextos. Por ejemplo, las telenovelas históricas, que posiblemente brindarán nuevas oportunidades para disfrutar del debate, como las entradas anteriores de este blog han demostrado.

Si esto me da licencia, por lo tanto, para repetir las viejas ideas de una manera superficial, permítanme sugerir dos formas alegres de ver la relación entre la ficción histórica y las obras fruto de la investigación histórica. Primero: son hermanos no gemelos. Pero son hermanos o hermanas con sus propias personalidades y rasgos. Son individuos separados, aunque comparten un ancestro común y el mismo material genético, lo que refleja inevitablemente la misma herencia y, a menudo, persiguen el mismo propósito en la vida. Segundo: son un par de huevos fritos, cocinados en la misma sartén, con las claras superpuestas, como un Diagrama de Venn. Hay partes de cada huevo que son distintas, únicas, separadas, pero en el centro hay una superposición donde el formato y el propósito son uno solo.

Estas metáforas son un poco triviales, por supuesto, incluso tontas. Una vez que se apliquen seriamente, es probable que se desintegren (como huevos revueltos). Pero tan pronto como empezamos a hablar de sus características específicas (¿que parte de la ficción histórica reside en su propia clara de huevo?, ¿es un diálogo inventado? ¿ambos géneros buscan entretener y educar, como propósito común, o un hermano está dedicado al entretenimiento y el otro a la edificación?) nos encontramos debatiendo las cuestiones, y entonces las metáforas han hecho su trabajo. Y es el momento, por así decirlo, en que los hermanos deben comer sus huevos fritos.

Matthew Restall

Pennsylvania State University

Estados Unidos

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History and Fiction: Siblings or Fried Eggs?

A great deal has been written about the relationship between fiction and history, and much of it is illuminating, provocative, fascinating, and even funny. The debate goes back thousands of years. Even its very terminology—fiction, fact, truth, (hi)story, novel, etc.—has been examined in great detail in many languages. But that does not mean we cannot say new things about it, or repeat old ideas in new contexts (historical TV dramas, for example, arguably provide new opportunities to enjoy the debate, as past blog posts have shown).

If that gives me license, therefore, to repeat old ideas in a superficial way, let me suggest two light-hearted ways to view the relationship between historical fiction and works of historical scholarship. One: they are siblings; not twins, but brothers/sisters with their own personalities and traits; separate individuals, yet sharing a common ancestry and gene pool, inevitably reflecting the same heritage and often seeing the same purpose in life. Two: they are a pair of fried eggs, cooking in the same frying pan, with the whites overlapping; like a Venn Diagram, there are parts of each egg that are distinct, unique, separate, but in the middle there is an overlap where format and purpose are one.

These metaphors are a little trivial, of course, even silly. Upon serious application they are likely to fall apart (like scrambled eggs). But as soon as we start to discuss their specifics (what part of historical fiction lies in its own egg white: imagined dialogue? Do both genres seek to entertain and illuminate, as a common purpose, or is one sibling dedicated to entertainment and the other to edification?)—then we are debating the issues, and the metaphors have done their job (and it is time, as it were, for the siblings to eat their eggs).

Matthew Restall

Pennsylvania State University

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¿Por qué es correcto que Cortés diga “¡Soy aquí un dios!” en la televisión española? por Matthew Restall

He disfrutado mucho leyendo las últimas entradas en el blog de la Nueva Historia de la Conquista, y agradezco a Jorge Gamboa por iniciar el blog y a todos aquellos que me llamaron la atención sobre Carlos, Rey Emperador. Me inspiré en una escena en particular y ahora he incluido una descripción de la misma en un libro que estoy escribiendo sobre la conquista de México: la escena en la que Cortés discute con su primera esposa, Catalina Suárez, y luego parece que la estrangula. En esta escena, grita: “¡Soy aquí un dios! ¡Un dios!”, llevando a Catalina a contestar inmediatamente que en realidad era “¡un demonio!”.

Entonces, ¿que tan históricamente exacta es esta escena? Está, por supuesto, llena de detalles inexactos, que se agrupan en dos categorías: elementos cuya realidad se ha perdido para siempre (como las palabras reales que se dijeron Cortés y Catalina en su cuarto en la noche de su muerte), pero cuya representación aquí no parece plausible (frases anacrónicas, afirmaciones inverosímiles, etc.); y elementos que los historiadores pueden controvertir con argumentos basados en la evidencia. Por ejemplo, yo diría que los mesoamericanos no confundieron a los conquistadores con dioses, ni tampoco creo que Cortés y sus compatriotas hayan creído que lo hicieron, ya que toda la idea es un invento posterior a la Conquista. Supongo que los historiadores podrían desmantelar casi todas las escenas de la serie, encontrando cosas inverosímiles, inexactitudes y temas para el debate.

Y esto es exactamente la razón por la que es bueno que las series (y de hecho que cualquier obra de ficción, ya sea una novela, una película o una telenovela) incurran en inexactitudes históricas. Tales detalles exponen los mitos, ideas erróneas y falacias, permitiendo a los historiadores profesionales un mejor acceso a las percepciones populares. Los historiadores, de esta manera, se ven forzados a trabajar más duro para presentar pruebas y argumentos. A través de la discusión y el debate se logran nuevas interpretaciones. ¡Qué alegría y privilegio que es vivir en una época en que podemos ver dramas como Carlos, Rey Emperador (o el polémico Narcos) en nuestros televisores y computadoras, y luego discutir sobre ellos libremente y sin cesar en línea y en las aulas!

 Matthew Restall

Pennsylvania State University

Estados Unidos

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Why it is OK for Cortés to say “Here I am a god!” on Spanish television

 I have very much enjoyed reading recent posts on the New Conquest History and am grateful to Jorge Gamboa for starting the blog and to all those who drew my attention to Carlos, Rey Emperador. I was inspired by one scene, in particular, and I have now included a description of it in a book I’m writing about the Conquest of Mexico: the scene where Cortés argues with his first wife, Catalina Suárez, and then appears to strangle her. He shouts that in New Spain, “Soy aqui un dios! Un dios!”—prompting Catalina to spit back that he is actually “un demonio!”

So how historically accurate is the scene? It is, of course, full of inaccurate details that fall into two categories: imagined elements whose reality is lost forever (such as the actual words spoken between Cortés and Catalina in their bedroom on the night of her death), but whose depiction here seems implausible (anachronistic phrases, unlikely assertions, etc.); and elements that historians can dispute using arguments based on evidence (for example, I would argue that Mesoamericans did not mistake the conquistadors for gods, nor did Cortés and his compatriots believe they did; that the entire idea is a post-conquest invention). I am guessing that historians could dismantle almost every scene in the series, finding implausibilities, inaccuracies, and grounds for debate.

And that is exactly why it is ok for the series—and indeed for any work of fiction, be it a novel or movie or telenovela—to indulge in historical inaccuracies. Such details expose myths, misconceptions, and fallacies, allowing professional historians to better access popular perceptions. Historians are thereby forced to work harder to present evidence and argument. Through discussion and debate come new understandings. What a joy and privilege it is to live at a time when we can watch dramas like Carlos, Rey Emperador (or the controversial Narcos) on our televisions and computers, and then argue about them freely and endlessly online and in classrooms!

Matthew Restall

Pennsylvania State University

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“Marco Polo, otra víctima de la Tv.” Por Francisco López

Hola amigos:
Esta nueva versión para T​v ​de uno de mis personajes favoritos: Marco Polo, se me hace, al observar las imágenes disponibles en ​I​nternet, una de esas adaptaciones modernas impregnadas de belicismo norteamericano, top models, artes marciales y por supuesto…mucha velocidad y desborde de chispas, adrenalina, irreverencia y fanfarronería. ¡Bah!, me quedo con el Marco Polo clasicista de los años ochenta: lento y pausado, que lo deja a uno pensar y respirar. Para tu blog sobre las películas de carácter histórico.
​Luis Francisco López
Arqueólogo, ICANH, Colombia
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​Sobre la caída del Tawantinsuyu: la conquista del Perú.​ Pedro Conrado

​Apreciados amigos:
​Recomiendo mucho este documental de National Geographic sobre la caída del Tawantinsuyu. Nunca antes había visto una producción de ellos que rescatara la labor académica actual y mostrara que realmente la conquista del Perú fue de indios contra indios. Incluso figura allí ​María ​Rostworowski, a quien entrevistan para resolver la cuestión del famoso asedio de Lima, que es uno de los elementos centrales de los productores para evidenciar la descomunal presencia “aliada” en el sometimiento de los incas.
No sé si ya lo conocía​n​, pero por si no (y muy a propósito del problema del distanciamiento entre la producción académica y los medios) espero que le​s​agrade y aguardo también sus críticas.
Un saludo
​Pedro Conrado
Estudiante de historia, Universidad Nacional de Colombia
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Sobre las epidemias en la Conquista de América. Andres Vargas

Apreciados amigos:
Me encontré con este video que posiblemente pueda interesarles. Se titula “Americapox: The Missing Plage:
Recuerdo que cuando leíamos la obra “Los siete mitos de la Conquista española” de Restall, se nos quedó en el tintero la pregunta de por qué los conquistadores no se contagiaron de las enfermedades locales. Aquí se ofrece una explicación razonablemente sólida a esa situación, que se pone algo reduccionista al final, pero que creo que vale la pena escuchar. Está basada en el libro de Jared Diamond, que Restall cita y comenta en varias partes del libro, pero se trata de una tesis que, hasta donde recuerdo, no se menciona directamente en ningún capítulo de los siete mitos.

Andrés Vargas
Historiador, Universidad del Rosario, Colombia
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Pero, ¿y por qué una novela debería contener verdades históricas? por Margarita Gascón

El escritor argentino Tomás Eloy Martínez (1934-2010) en oportunidades se quejó de que se le pidieran precisiones históricas sobre ciertos episodios de su novela Santa Evita (1995). La gente le preguntaba, por ejemplo, sobre el cadáver embalsamado de Eva Perón que, según la novela, estuvo escondido detrás de la pantalla de un famoso cine de Buenos Aires. Consternado, el escritor contestaba que Santa Evita era una novela, que contenía ficciones y mitos, y que nadie debía leerla como si fuese un documento histórico. Un año más tarde, cuando Martínez quiso repetir el fenómeno literario de Santa Evita con otro personaje histórico (pero esta vez, evitando los malos entendidos) tituló a su libro La novela de Perón (1996). Irónicamente, fue una novela que, tal vez porque fue leída como una ficción, tuvo bastante menos éxito editorial que su narrativa de las peripecias del cadáver de Eva.

He recordado esta anécdota una y otra vez mientras leía las críticas a la serie sobre Carlos V que se está emitiendo por Televisión Española. ¿A qué se debe la áspera reacción de la academia con respecto a sus omisiones y desaciertos? ¿Por qué una novela en televisión debería contener verdades históricas siendo que se trata, básicamente, de un relato de ficción sobre un personaje real? Todavía estaba tratando de responderme a mí misma estas preguntas cuando recibí la invitación de mi estimado colega Jorge Gamboa para que enviase mi opinión sobre el tema.

Lo primero que quiero es evitar que mis preguntas queden en retórica. Para ello debo descender un par de escalones y confesar que creo que la serie sobre Carlos simplemente estaba en la cola de otras semejantes ya emitidas por Televisión Española y que tuvieron su buen rating de espectadores (Águila Roja, Isabel) lo que alentaba a la producción a seguir con este tipo de propuestas del pasado peninsular: propuestas puramente “coreográficas” para decirlo rápidamente. En segundo lugar, debo confesar que consumo poco de las denominadas “novelas históricas” o de “películas de época”. La razón por la que no consumo este tipo de producciones es que o bien traicionan el mandato científico de contener certezas sobre los hechos más allá de las posibles interpretaciones, o bien traicionan el mandato estético de contener belleza más allá de su formato y de las definiciones que puedan darse en un momento y lugar a lo que es la belleza.

Tengo poquísimas excepciones donde el producto final (digamos, una novela) tiene certeza histórica de hechos y belleza literaria en una prosa tersa. Un ejemplo es Norah Loft (1904-1983), aun cuando escribe sobre la homosexualidad de Federico Barbarroja en el marco de la Tercer Cruzada; o cuando nos habla como si ella misma fuese Isabel la Católica, pero sin anacronismos y con una mirada femenina sobre el mundo masculino y bélico de finales de la Edad Media. Otro ejemplo es Andrés Rivera (1928) con La Revolución es un Sueño Eterno (1987), inspirada en los cuadernos que escribió Juan José Castelli, miembro de la primera junta de gobierno argentino, cuando un cáncer de lengua le fue dejando sin el habla a la par que los hechos le iban deteriorando sus esperanzas en el cumplimiento de los ideales revolucionarios. Estos ejemplos pertenecen a un arco de escritos donde la objetividad de la historia está (y así debe serlo) excusada. En ese arco de relatos y con suerte despareja que no han despertado en los académicos mayores polémicas sobre su veracidad o sobre sus silencios, vamos desde la vibrante novela Hijo de Hombre (1960) de Augusto Roa Bastos (1917-2005) sobre la Guerra del Chaco de la que el mismo autor participó a la opacidad literaria de un relato lento basado en la investigación documental que sostiene a La guerra del fin del mundo (1981) de Mario Vargas Llosa (1936) sobre la denominada “guerra de Canudos” del nordeste brasilero.

En el caso de las películas y series como las de Carlos V en televisión, la reacción de la comunidad académica en su reclamo por veracidad es diferente. Tal vez porque nos preocupa su llegada a un público amplio, probablemente ingenuo y menos informado. Sabemos que la imagen, después de todo, nos da una sensación de realismo diferente a la que nos dejan las palabras impresas en un libro. Así, las versiones de Hollywood sobre el pasado han sido objeto de debates en Estados Unidos y se ha cuestionado su uso como herramientas pedagógicas: ver por ejemplo un buen análisis en Past Imperfect. History According to the Movies, publicado en 1995.

Dicho todo esto, a la pregunta sobre si debemos reclamarle mayor veracidad y más certeza a numerosos de los episodios históricos de la serie de Carlos V que emite Televisión Española, mi respuesta es sí. Y es necesario hacer saber que a los hechos se los trata mal, superficialmente o se los omite. La razón radica en el espesor de los hechos que ocurrieron durante el reinado de Carlos V, en su trascendencia e impacto sobre millones de seres humanos, en su momento y aún hoy. La expansión de Europa a partir del siglo XVI cambió a América, África, Asia y Oceanía porque, para empezar, transformó tanto a sus bases demográficas como a sus bases ambientales. Y con esas transformaciones en dos variables fundamentales, Europa cambió los modos de producción, los sistemas de gobierno, las religiones, las lenguas y las culturas de sociedades que solamente en escasas ocasiones pudieron negociar o resistir la conquista. En los hechos, en los crudos hechos históricos sin que medie interpretación alguna, nunca antes ni después hubo un movimiento involuntario de tantos millones de personas, ni tan profundo e inmoral, como fue aquel de la esclavitud de los africanos implantados en nuestro continente. Nunca antes ni después penetraron a América, de manera tan repentina e imperativa, tantos nuevos cultivos, ganados y animales. Nunca antes ni después en América ingresaron tantos patógenos, de manera repentina y sincrónica (viruela, sarampión, gripe, anginas), abatiéndose sobre millones de seres humanos sin inmunidad.

Asimismo, ¿cómo se pueden ignorar las claves locales de la imposición de España sobre las sociedades imperiales indígenas? ¿Cómo se puede hoy seguir hablando de la “conquista” sin mencionar que los grandes imperios precolombinos se encontraban fragmentados por luchas interétnicas (los mexicas vs. los tlaxcaltecas) o por el sistema de la herencia partida del incario (la guerra civil entre los sucesores del sapa inca)? Mi respuesta es sí: nos merecíamos que quienes elaboraron el guión de Carlos V, Rey Emperador para la Televisión Española nos dieran más verdades históricas, incluso dentro de la ficción permitida a cualquier producción literaria, cinematográfica o televisiva.

Margarita Gascón

Conicet Argentina

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La representación de la historia por Jesús Córdoba

En los últimos años, los espectadores hemos asistido a un paulatino proceso de representación histórica a través de series televisivas, películas, obras de teatro, etc. El más reciente de éstos intentos y que a su vez, ha generado amplia polémica por la forma cómo se muestra en la serie la trama americana, es la producción de TVE “Carlos, Rey Emperador”. Más allá de la cuestiones de historicidad, que es uno de los puntos centrales y no es desdeñable, pienso que también debe tenerse en cuenta ¿que estamos haciendo los historiadores desde la academia para precisamente, dejar de encerrar la historia en la academia? En la calle, día a día, los ciudadanos se encuentran con monumentos, plazas, parques y edificios históricos cuya importancia quizás pasa desapercibida para muchos de los transeúntes. Independientemente del uso de la historia en algunos casos para la creación de memoria e identidad nacional, es importante que ésta salga a la calle y llene diversos espacios. Claro, esto debe hacerse con el mayor rigor histórico posible. Pero el problema se presenta por la desconexión que existe, y que anotaba anteriormente, entre el común de los ciudadanos y las investigaciones históricas. Aunque muchas de las producciones televisivas o literarias en variadas ocasiones no respetan la historicidad de los eventos que narran, son interesantes las propuestas que realizan para lograr un acercamiento al común de la gente. Quizás su éxito no sólo radica en narrar lo que las personas quieren oír, como algunos afirman, sino en darle más trascendencia al drama personal de estas personalidades históricas. A veces solemos olvidar que aquellos que estudiamos, hayan muerto o no hace siglos, fueron personas como nosotros, con todas las subjetividades y contradicciones que ello implica.

Lo anterior tampoco pretende decir que los eventos históricos deben pasar a un segundo plano al igual que el respeto de la historicidad. Pero desvelar la intencionalidad subjetiva de los personajes es un gran éxito de las apropiaciones artísticas de la historia. Sin importar si estamos o no de acuerdo con la imagen “vendida” por el actor o director que reconstruyó al personaje histórico, es rescatable la dimensión interior que pretenden hacer florecer en estas producciones. Ya sostenía Eric Auerbach en Mímesis, que la diferencia radical entre los eventos históricos y los legendarios (literarios) es la enorme complejidad de los primeros, en contraste con la singularidad de los segundos. Cierto, los eventos históricos complejos no pueden narrarse cuidadosamente en este tipo de producciones y es cuando se producen las licencias históricas. El problema para nosotros los historiadores viene dado cuando la historia se hace dentro de los claustros y las universidades. Quizás no pensamos que esto pueda interesar al vecino, o al señor de la tienda, pero en todo caso debería ser así, pues no se trata de algo extraño, sino más bien, de la historia de su ciudad, de su país, que no es desligable a su propia historia o la de su familia. Entonces, para evitar que algunas producciones continúen promocionando imaginarios erróneos sobre algunos eventos históricos, es importante también que atendamos a las necesidad imperativa de hacer salir la historia de su prisión y dársela a quienes de alguna u otra forma la hacen día a día.

Jesús Ricardo Córdoba

Estudiante de historia,

Universidad Nacional de Colombia.

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